Súper Mamá
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Súper Mamá

El deseo irresuelto de la paternidad comprometida y la construcción de la súper madre.

Los procesos reflexivos- individuales y colectivos- iniciados en las últimas décadas del siglo XX en las sociedades contemporáneas han puesto sobre la mesa y logrado visibilizar problemáticas vinculadas a las intimidades de los/as individuos/as. Esto ha permitido que en sociedades como las nuestras experiencias privadas y temas como las identidades de género y los conflictos vinculados a la maternidad y la paternidad, entre otras, se hallan vuelto hacia la esfera de lo público y desdoblado hasta mostrar sus enveses y su diversidad, antes ocultos por la primacía de los esencialismos. Sin embargo, pese a las amplias posibilidades de reflexión y comunicación existentes, aun hoy cuesta dar cuenta de una infinitud de experiencias, situaciones y conflictos privados que inscritos en las biografías de hombres y mujeres de distintas edades- por su crudeza- provocan “irritaciones” en los sistemas sociales cuando son denunciados y que por lo mismo tienden a ser invisibilizados.

Edwind Ardener, en su teoría de los  “Muted Groups” o “Grupos Silenciados” señala que en las sociedades contemporáneas hay grupos de individuos/as que se hallan invisibilizados al permanecer mudos debido a que el poder y saber dominantes les inhibe su posibilidad de expresión al obligarlos a hablar sólo a través de su lenguaje. Su silenciamiento surgiría de la comunicación frustrada, ya que su voz no logra ser oída por su dificultad para establecer la comunicación con los/as otros/as, pero no por su silencio, es decir, los grupos silenciados permanecen callados porque su modelo de la realidad, su visión del mundo, sus aspiraciones no logran ni materializarse ni expresarse en los mismos términos que el del modelo dominante.

Nos parece ver que los hijos/as (niños/as o jóvenes) que se hallan separados/as de sus papás y los hombres – papás que se encuentran separados de sus hijos/as son partes de estos grupos silenciados, toda vez que tanto los hijos/as como los papás que se encuentran en dichas situaciones no logran hacerse escuchar por los adultos/as que (directa o indirectamente) deciden sus acercamientos y distanciamientos, esta imposibilidad de comunicación les priva la posibilidad de mostrar la importancia de que tiene para ellos/as la permanencia de sus vínculos afectivos, lo posibilidad de verse y compartir espacios comunes e íntimos.

Y es que- por un lado- el discurso adulto-céntrico (especialmente el de orden jurídico) silencia, desconoce y oculta las experiencias de los niños/as y jóvenes que desean mantener vínculos y comunicación con sus papás y por otro, el discurso hegemónico de la maternidad invisibiliza (niega) la necesidad y derecho de los papás de hacerse parte de la educación y vida de sus hijos/as, privando a hijos/as y papás de la reciprocidad de los afectos, a la vez que sólo los visibiliza- de vez en cuando- como victimas y victimarios y no como sujetos de experiencias genuinas y deseos de afecto. A nuestro entender, al parecer la invisibilización de las experiencias de los/as niños/as y jóvenes que desean estar con sus papás, también, de las experiencias de la “paternidad frustrada” así como la exaltación de la “súper madre” no es ingenua, pues para el poder es vital que las estructuras sociales y culturales sobre las que se sienta su dominio se mantengan intactas, para tal efecto éste sienta relevancias a la vez que oculta en la opacidad otras que pueden dar paso a la reflexión y el cuestionamiento del orden social existente, lo que lamentablemente en éste caso deriva en: sufrimiento en el caso de los/as hijos/as y papás que desean estar juntos y la sobrecarga de responsabilidad (obligaciones) para las mujeres que deben asumir a sus hijos/as con el consuelo hueco de ser reconocidas como “súper madres” y “protectoras” de la especie, con la corona de Madre…  corona que brilla, pero pesa.

En este último sentido, cabe decir que pese a que los estudios de género han mostrado que lo que socio culturalmente se entiende como hombre y como mujer no es otra cosa la construcción social de las diferencias sexuales (de donde se derivan estereotipos y roles para ellas y ellos), en lo que respecta a la maternidad y paternidad pareciera ser que existe una negación a la deconstrucción y análisis de tales categorías culturales. De éste modo subsiste la creencia de que invariablemente (sin tener en cuenta antecedentes y contextos) por naturaleza ellas  son más capaces que los hombres para el cuidado y educación de los/as hijos/as y que ellos deben tener principalmente el rol de proveedores, lo que desvincula a los hombres del mundo afectivo de los/as hijos/as. Al respecto, la antropóloga Sonia Montecino indica que el desplazamiento masculino de las experiencias de protección y educación de los/as hijos/as en las sociedades latinoamericanas y chilena se vincula a la experiencia histórica del proceso de mestizaje y sincretismo religioso latinoamericano, pues ambos sucesos derivaron en la preeminencia de la madre (identificada con la imagen de virgen María) como la figura dispuesta a  sacrificarse por sus hijos/as sin medidas y capaz de afrontar sus necesidades sola. A la inversa, de esta misma situación, surge una imagen legitimada del padre como sujeto ausente y desvinculado del cuidado y protección de los/as hijos/as. En resumen, el resultado es que mientras a las mujeres esta identidad mestiza las vincula al deber ser del sacrificio, a los hombres los des responsabiliza y aleja, pero no es menos cierto que sobre  ambos ejerce su dominio, pues mientras las mujeres quedan sujetas al rol de súper madres todopoderosas y presentes (sin posibilidad de  renunciar a él para no ser estigmatizadas como “malas mujeres”) a los hombres- a su vez- los priva de su legitimo derecho a buscar el ejercicio de una paternidad cercana y comprometida.